Viajar. Por Martha Gellhorn
..."Viajar requiere verdadero aguante, y va a peor. ¿Recordáis los viejos tiempos en que teníamos maleteros y no secuestradores; cuando los hoteles estaban construidos y terminados antes de llegar; cuando los principales gremios no estaban de huelga en el punto de salida o de llegada; cuando nos daban generosas raciones de mantequilla y mermelada para desayunar, no esos diminutos recipientes de celofán y cartón; cuando el tiempo era fiable? ¿Y cuando no había que planificar el viaje como una operación militar y reservar con antelación y depósito incluido; cuando el Mediterráneo estaba limpio? ¿Os acordáis de cuando erais una persona y no una oveja, apiñados en aeropuertos, estaciones de tren, telesillas, cines, museos, restaurantes, entre las demás ovejas? ¿Y de cuando sabíais cuánto valdría vuestro dinero en otras divisas, o cuando esperabais confiados que todo fuera bien en vez de considerar un milagro que no saliera todo mal? (...)
No somos héroes como los grandes viajeros, pero los aficionados seguimos siendo una raza bastante dura. Por muy horrible que haya sido el último viaje, nunca perdemos la esperanza con el próximo, a saber por qué (...)
[Ahora] la gente disfruta con esplendorosas rutas culturales con un encantador profesor erudito que les informa e instruye. Les guían por las antigüedades de Grecia, las iglesias coptas de Etiopia, las mezquitas de Persia y otras maravillas. Los compañeros de viaje son civilizados y los guías les ahorran los aspectos duros del viaje. A mí eso me mataría (...)
El viaje como afición antes era un pasatiempo de privilegiados. Ahora es un pasatiempo para todo el mundo. Tal vez el mayor cambio social desde la Segunda Guerra Mundial es la manera en que los ciudadanos de las naciones libres viajan como nunca antes en la historia. Nos hemos convertido en una amplia población flotante y una industria. Somos imprescindibles para muchas economías nacionales, aunque no por eso seamos tratados con gratitud cariñosa, más bien como langostas portadoras de oro. Gente de todas las categorías y edades viajan con convicción. El tendero y su familia van a las Islas Canarias a tomar el sol y nadar; el peluquero va a Sevilla a ver las corridas de toros; las ancianas con sus vestidos de algodón antiarrugas abandonan sus jardines para embarcarse en una ruta en autocar para ver los tulipanes de Holanda. Los fanáticos del fútbol siguen en hordas gritonas a sus equipos de país en país. Las amas de casa islandesas fletan un avión para comprar en Marks and Spencer, donde encuentran a amas de casa árabes con velo en una situación parecida. Los estadounidenses sobrecargan sus propios parques naturales y centros turísticos, vuelan en millones a Europa, inundan México. ¿Nos lo estamos pasando mejor que nunca?
He visto mucha gente que parecía estar en su propio viaje horroroso. Hombres con ojos sin luz cargando con paquetes para sus voraces esposas. Qué baratas son estas carteras de piel en Florencia, esta vajilla en Oaxaca, esos relojes de cuco en Berna. Grupos, en museos y palacios, intimidados por los guías, con los hombros caídos y los pies inflados. Amigos y amantes envueltos en escandalosas peleas en aquella soñada visita a una ciudad Romántica, Ámsterdam, Venecia, Bangkok. Agotadoras colas en estaciones de ferrocarril, empujando el equipaje centímetro a centímetro. Parejas grises silenciosas sumidas en la melancolía en el comedor de un hotel extranjero. Jóvenes padres, cargados de juguetitos infantiles, pañales, botellas, recorriendo las calles en busca de un refugio que les dé cama y desayuno. Todos abatidos por el placer, pero el buscad y hallaréis no siempre funciona con los viajes. Una vez a salvo en sus casas, pueden olvidar lo horrible que ha sido parte, gran parte o la mayoría del viaje, sacar los souvenirs, las fotografías, los recuerdos selectos, y planear otras vacaciones.
No hay imagen mejor calculada para persuadir a alguien de que no viaje que la sala de salidas de un gran aeropuerto. Es como la inscripción de la Estatua de la Libertad: «Dadme (…) a vuestras masas hacinadas», y que esperen. Si la asistencia a los aeropuertos fuera obligatoria por ley, protestaríamos en marchas, manifestaciones, organizaríamos piquetes en la Casa Blanca y el Parlamento, llevaríamos el caso al Tribunal Internacional, escribiríamos a The Times, pondríamos el grito en el cielo. Por voluntad propia nos sentamos allí, codo con codo, con nuestro equipaje de mano y bolsas de plástico de las tiendas exentas de impuestos, ensordecidos por los anuncios, pálidos y perdiendo el tiempo, entre una y diez horas, para ir a cualquier sitio. Parecemos derrotados, exhaustos, hartos de todo. Entonces anuncian tu vuelo, hacemos el interminable recorrido hasta la puerta de salida, nos metemos en un autobús o, si tenemos suerte, vamos a pie directamente al avión. Dentro del aeroplano, los rostros cambian, bromeamos, reímos, charlamos con extraños. Sentimos el corazón ligero y jovial porque ya está sucediendo, empezamos, volvemos a viajar".
En: 5 viajes al infierno. Aventuras conmigo y ese otro
Autora: Martha Gellhorn
Editorial: Revista Altaïr
Año: 2011
Badalona, España
Etiquetas: Altaïr, citas, literatura, Marta Gellhorn, turismo de masas, viaje
