25 agosto 2011

Viajar. Por Martha Gellhorn

Buen verano. 2011. Juliana González / ©

..."Viajar requiere verdadero aguante, y va a peor. ¿Recordáis los viejos tiempos en que teníamos maleteros y no secuestradores; cuando los hoteles estaban construidos y terminados antes de llegar; cuando los principales gremios no estaban de huelga en el punto de salida o de llegada; cuando nos daban generosas raciones de mantequilla y mermelada para desayunar, no esos diminutos recipientes de celofán y cartón; cuando el tiempo era fiable? ¿Y cuando no había que planificar el viaje como una operación militar y reservar con antelación y depósito incluido; cuando el Mediterráneo estaba limpio? ¿Os acordáis  de cuando erais una persona y no una oveja, apiñados en aeropuertos, estaciones de tren, telesillas, cines, museos, restaurantes, entre las demás ovejas? ¿Y de cuando sabíais cuánto valdría vuestro dinero en otras divisas, o cuando esperabais confiados que todo fuera bien en vez de considerar un milagro que no saliera todo mal? (...)

No somos héroes como los grandes viajeros, pero los aficionados seguimos siendo una raza bastante dura. Por muy horrible que haya sido el último viaje, nunca perdemos la esperanza con el próximo, a saber por qué (...)

[Ahora] la gente disfruta con esplendorosas rutas culturales con un encantador profesor erudito que les informa e instruye. Les guían por las antigüedades de Grecia, las iglesias coptas de Etiopia, las mezquitas de Persia y otras maravillas. Los compañeros de viaje son civilizados y los guías les ahorran los aspectos duros del viaje. A mí eso me mataría (...)

El viaje como afición antes era un pasatiempo de privilegiados. Ahora es un pasatiempo para todo el mundo. Tal vez el mayor cambio social desde la Segunda Guerra Mundial es la manera en que los ciudadanos de las naciones libres viajan como nunca antes en la historia. Nos hemos convertido en una amplia población flotante y una industria. Somos imprescindibles para muchas economías nacionales, aunque no por eso seamos tratados con gratitud cariñosa, más bien como langostas portadoras de oro. Gente de todas las categorías y edades viajan con convicción. El tendero y su familia van a las Islas Canarias a tomar el sol y nadar; el peluquero va a Sevilla a ver las corridas de toros; las ancianas con sus vestidos de algodón antiarrugas abandonan sus jardines para embarcarse en una ruta en autocar para ver los tulipanes de Holanda. Los fanáticos del fútbol siguen en hordas gritonas a sus equipos de país en país. Las amas de casa islandesas fletan un avión  para comprar en Marks and Spencer, donde encuentran a amas de casa árabes con velo en una situación parecida. Los  estadounidenses sobrecargan sus propios parques naturales y centros turísticos, vuelan en millones a Europa, inundan México. ¿Nos lo estamos pasando mejor que nunca?

He visto mucha gente que parecía estar en su propio viaje horroroso. Hombres con ojos sin luz cargando con paquetes para sus voraces esposas. Qué baratas son estas carteras de piel en Florencia, esta vajilla en Oaxaca, esos relojes de cuco en Berna. Grupos, en museos y palacios, intimidados por los guías, con los hombros caídos y los pies inflados. Amigos y amantes envueltos en escandalosas peleas en aquella soñada visita a una ciudad Romántica, Ámsterdam, Venecia, Bangkok. Agotadoras colas en estaciones de ferrocarril, empujando el equipaje centímetro a centímetro. Parejas grises silenciosas sumidas en la melancolía en el comedor de un hotel extranjero. Jóvenes padres, cargados de juguetitos infantiles, pañales, botellas, recorriendo las calles en busca de un refugio que les dé cama y desayuno. Todos abatidos por el placer, pero el buscad y hallaréis no siempre funciona con los viajes. Una vez a salvo en sus casas, pueden olvidar lo horrible que ha sido parte, gran parte o la mayoría del viaje, sacar los souvenirs, las fotografías, los recuerdos selectos, y planear otras vacaciones.

No hay imagen mejor calculada para persuadir a alguien de que no viaje que la sala de salidas de un gran aeropuerto. Es como la inscripción de la Estatua de la Libertad: «Dadme (…) a vuestras masas hacinadas», y que esperen. Si la asistencia a los aeropuertos fuera obligatoria por ley, protestaríamos en marchas, manifestaciones, organizaríamos piquetes en la Casa Blanca y el Parlamento, llevaríamos el caso al Tribunal Internacional, escribiríamos a The Times, pondríamos el grito en el cielo. Por voluntad propia nos sentamos allí, codo con codo, con nuestro equipaje de mano y bolsas de plástico de las tiendas exentas de impuestos, ensordecidos por los anuncios, pálidos y perdiendo el tiempo, entre una y diez horas, para ir a cualquier sitio. Parecemos derrotados, exhaustos, hartos de todo. Entonces anuncian tu vuelo, hacemos el interminable recorrido hasta la puerta de salida, nos metemos en un autobús o, si tenemos suerte, vamos a pie directamente al avión. Dentro del aeroplano, los rostros cambian, bromeamos, reímos, charlamos con extraños. Sentimos el corazón ligero y jovial porque ya está sucediendo, empezamos, volvemos a viajar".

En: 5 viajes al infierno. Aventuras conmigo y ese otro
Autora: Martha Gellhorn
Editorial: Revista Altaïr
Año: 2011
Badalona, España

27 febrero 2011

La trampa del cisne: dobles, corrección política y búsqueda de la belleza


Siempre hay una supuesta gran película de la temporada que me impulsa a volver a este blog abandonado cuya inconstancia me da vergüenza. Pero no puedo evitar volver –como nos pasa a tantos-. El año pasado fue la Alicia de Burton la que me trajo de vuelta, y esta vez, cómo no, el Cisne de Aronofsky. El motivo: coinciden en ser las únicas películas cuya llegada a la cartelera había esperado con ilusión y además, como es obvio para quienes me conocen, ambas tienen un trasfondo literario que yo, aunque quiera, no paso por alto.

*

Si lo que Darren Aronofsky se proponía al hacer su adaptación del Lago de los Cisnes de Tchaikovski era enfilarse en la tradición literaria y cinematográfica del denominado mito del doble, habrá que reconocerle que en buena parte lo ha conseguido.

La historia de Nina Sayers, bailarina obsesionada con ser la estrella del ballet clásico ruso, encaja sin reparo alguno en la tipología del doppelgänger [i], del que algo se ha hablado estos días y que hace referencia a gemelos malvados, alucinaciones mortificantes, reflejos, sombras, o trastorno de la personalidad [ii]. El guión, a su vez, se corresponde con la construcción usual de este arquetipo, en el que la obra se impone sobre su creador, donde la batalla entre lo divino y lo humano se libra en el terreno de la búsqueda de la perfección, y en el que el esfuerzo por alcanzar un objetivo imposible basta para llenar el corazón y la existencia de sus protagonistas: dar vida a su obra maestra.

La adaptación, que ya es el mayor éxito de taquilla de la cartelera, refleja incluso el ideal de la búsqueda de la belleza, muy propio de esta mitología y que en la película es entendido por Nina como un baile apoteósico sin fallo ninguno de la coreografía que ha creado su maestro. El Cisne negro también es fiel al triunfo recurrente del gemelo malvado: el de la creación sobre su artífice, el de la tragedia inexorable del protagonista tras alcanzar la meta que se ha propuesto.

Porque si algo queda claro es que el director norteamericano conoce bien la tradición en la que pretende insertarse y por eso, para comprender todos los matices de esta película, no sólo hay que remontarse al mito del doble sino también a Camus y su filosofía del héroe absurdo, en la que el único sentido de la vida del hombre es la creación; pasando por la mitología grecolatina –Prometeo robando el fuego de los dioses; por Sísifo y su persecución de un fin inalcanzable; por Pigmalión y Galatea, donde la obra de arte cobra vida gracias al artista que la interpreta: de Nina incluso brotan plumas de cisne al final de la película. El desenlace nos remite hasta Platón, donde el alma quiere liberarse de un cuerpo del que es prisionera: “el cuerpo es la cárcel del alma”, que decía el filósofo.

*

Por eso lo que no le perdono a la adaptación de Aronofsky es que con semejante material, con el que autores como Balzac, Stevenson, Poe y Mary Shelley han hecho obras imprescindibles para la literatura, y Kieslowsky, Kubrick y Hitchcock en el cine [iii], él haya incurrido en todos los tópicos contemporáneos y de la tradición ya no del doble sino de la corrección política rampante (rampante en el sentido de trepador, ambicioso sin escrúpulos) para ilustrar los tormentos del alma de la bailarina que –dicho sea ahora- encarna Natalie Portman con una veracidad excepcional, llena de sutilezas y matices.

Que el director recurra, para seducir a la Academia, a recursos tan bajos como la sexualidad atormentada de la protagonista –a cuyo amparo aprovecha para meter con forceps escenas del tipo “Madonna – Britney”–; a las drogas como alteradoras de la psique de la bailarina y detonantes de su trastorno; al cansado estereotipo del artista que se quiere tirar a su discípula, entre otros muchos tópicos, es lo que hace que la película renuncie a ser obra maestra para a cambio ganar unas cuantas estatuillas de ese dios que en nuestro tiempo se llama Óscar y que, empezando por su nombre, ya es un poco ridículo. Errores todos estos que, además de restarle al guión y al ritmo de la narración, hacen pasar por efectista y menor una banda sonora que podría ser soberbia.

Por eso esta noche quizá unos cuantos becerros de oro encumbren el Cisne Negro al olimpo banal de nuestros días y, entonces, Aronofsky habrá perdido la oportunidad de compartir panteón con otros más grandes.



[i] Palabra que en alemán se utiliza para el doble fantasmagórico de una persona viva. La palabra proviene de doppel, que significa "doble", y gänger, traducida como "andante". Su forma más antigua, acuñada por el novelista Jean Paul en 1796, es Doppeltgänger, 'el que camina al lado' (MOLINA FOIX, Juan Antonio (2007). Cuentos de dobles. Madrid, Siruela. 10-11).

[ii] “El doble en la literatura se ha representado básicamente a través del diablo, o la sombra del protagonista. El doble también habita las superficies del agua y los espejos, desde donde devuelven a sus dueños imágenes horrorosas. Aunque a veces no media ni la sombra física del personaje ni superficies reflectoras. Entonces, el doble es, sin más, una alucinación mortificante”. (DOMÍNGUEZ, Vicente (2003): “El mal y el doble: mutaciones en la representación de la maldad”, en Imágenes del mal: ensayos de cine, filosofía y literatura sobre la maldad. Madrid, Valdemar, pp. 11-30)

[iii] La obra maestra desconocida (Honoré de Balzac), Doctor Jekyll y Mr. Hyde (Robert Louis Stevenson), El retrato oval, la caída de la casa Usher, William Wilson (Edgar Allan Poe), Frankenstein (Mary Shelley), E.T.A Hoffman (Los elixires del diablo), La doble vida de Verónica (Kieslowsky), El resplandor (Stanley Kubrick), entre otros.

Publicado por Juliana González a las 10:03 AM | 1 comentarios   Enlaces a esta entrada
Etiquetas: , , ,
Suscribirse a: Entradas (Atom)